The interpreter

Veréis… después de varias semanas ¡meses! compartiendo con vosotros las nociones y sobre todo, más que nada, las sensaciones que una tiene del valor de las historias para la vida y el marketing, me incomodaba la duda de estar fallando en lo esencial, de no haber explicado el origen y el meollo de toda esta historia del storytelling, que no empieza en realidad con Jenkins sino con el cerebro humano.

Veréis… después de varias semanas ¡meses! compartiendo con vosotros las nociones y sobre todo, más que nada, las sensaciones que una tiene del valor de las historias para la vida y el marketing, me incomodaba la duda de estar fallando en lo esencial, de no haber explicado el origen y el meollo de toda esta historia del storytelling, que no empieza en realidad con Jenkins sino con el cerebro humano.

 The interpreter

Derechos de foto de Fotolia

Porque las historias nacen en el cerebro, no importa como sean de emocionales, sensuales o sensoriales, todo lo que nos ocurre y se nos ocurre proviene del cerebro, alma y corazón son bellas metáforas que están ya enredadas en nuestra cultura de tal modo que parece que el amor habita en el pecho y la fe donde quiera que se ubique el alma siempre invisible pero, en realidad, todo, absolutamente todo está en el cerebro… y si el corazón se acelera al ritmo de un aroma o una sonrisa es sólo porque el cerebro así se lo manda.

¿Dónde quiero ir a parar? Pues, nada menos que a la base científica, física y neuronal del por qué de las cosas, por qué las historias funcionan. Y vaya por delante que la neurociencia es un campo que excede de largo mi conocimiento pero hay algún concepto que sí alcanzo a entender y que demuestra en gran medida lo indiscutible de nuestra necesidad de historias, de ahí mi atrevimiento a tocar tal asunto en esta columna.

Los estudios de Michael S. Gazzaniga acerca del cerebro humano, en el ámbito de la neurociencia cognitiva, son el origen de las deducciones lógicas e incontestables acerca de nuestra comprensión de la realidad a través de las historias:

Gazzaniga descubrió la función interpretativa del hemisferio derecho del cerebro trabajando con pacientes que tenían el cerebro dividido –split brain-, lo que significa que sus hemisferios cerebrales no se comunicaban. Al ubicar imágenes en el campo visual izquierdo y derecho –que corresponden respectivamente a su hemisferio contrario en el cerebro- Gazzinaga descubrió que  el hemisferio izquiero –el de la lógica- veía las imágenes pero no podía interpretarlas mientras el derecho –el de la creatividad- sí.

Además, tras 30 años de investigación, Gazzinaga llegó a afirmar que el hemisferio derecho tiene una capacidad creativa e inventiva muy superior al enfoque matemático y literal del hemisferio izquierdo. Esto es así porque el intérprete de nuestro cerebro lo que hace es rellenar los huecos en los hechos dando coherencia a la información, coherencia también en la línea temporal de nuestra vida, es decir, nos ayuda a hilar nuestro pasado con nuestro presente hacia el futuro.

El lado más emocional de nuestro cerebro, en el que se ubican los sentimientos, las sensaciones y las habilidades –el derecho- es el que interpreta la realidad… y tal y como él la interpreta nos la contamos utilizando la creatividad para cubrir los gaps entre lo que estamos viviendo y lo que vivimos dotando de coherencia a nuestra realidad.

Y por eso, porque no nos sirven los datos sino que necesitamos interpretarlos y hacerlos coherentes a nuestro entendimiento, nos contamos historias, les contamos cuentos a los niños y defendemos en general que las cosas se cuentan, no se dicen.

Somos, en definitiva, carne de historia…

 

Berta Rivera es una filóloga que trabaja en ventas, relata en loff.it, escribe un blog (ahora vergonzosamente desactualizado) y cuenta cuentos al caer la noche por esas cosas de la maternidad. Me declaro fan de la creatividad aplicada a la vida, a las pequeñas cosas y a la comunicación… porque las cosas no se dicen, se cuentan.

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